domingo, 16 de julio de 2017

Oral

Le procuré una comida de chichi de las que facturo cuando quiero que una mujer me coja cariño de verdad.

viernes, 14 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo (final)

En cambio, el problema de la distancia física se resolvió solo, o mejor, lo resolvió ella, porque unas cuantas semanas después del número del noviete panoli, empezó a dejarse caer por la plaza en compañía de un par de amigas; y de vez en cuando, al abrigo del anonimato que nos proporcionaba la multitud, intercambiábamos unas palabras o algunas miradas cómplices. Todo era furtivo, culpable, irresistible.

jueves, 13 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 2


El primer problema con el que me tropecé cuando acometí la tarea fue mi desconocimiento absoluto de los parámetros culturales en que navegan las chicas de su edad y la lejanía física y emocional entre mi musa y yo. No podía tirar exclusivamente de memoria y dejar que mi calenturienta imaginación llenara el resto.

Necesitas más información, y con Ámbar mejor guardarse bien las espaldas, ese angelito es una máquina de matar y no se fía ni de su sombra; así que estáte al loro y procura no cagarla. No vayas a perder los huevos de una patada un día de éstos, me dije mientras seleccionaba los temas y los iba añadiendo a la lista de reproducción. 

Después de darle al play me preparé un medio de whisky, terminé de llenar el vaso con agua fría, me senté en el sofá, me lié un porrito, lo encendí y solté un suspiro hondo.
La pequeña libretita roja que me iba a acompañar por la jungla en la que había desembarcado ya tenía nombre y descansaba después de un buen trote junto al cenicero, donde unas cuantas colillas, sin duda las más espabiladas, se peleaban por ser las primeras en saltar por la borda de un barco a punto de irse a pique.

Llevas cuatro horas aquí y has fumado un montón. Deja ya de darle vueltas, tendrás que chatear con ella, no hay otra manera; y acabarás envenenado por el recuerdo de su piel, tratándose de ti no hay más remedio.

Chatear no me convencía porque durante una de las primeras conversaciones que mantuvimos me vino a la mente una imagen realmente macabra: Estaba de pie con un madero a cada costado, delante de una jueza de mediana edad con cara de malfollada que iba repasando nuestras conversaciones en el móvil de Ámbar mientras me acribillaba a preguntas y movía la cabeza de un lado a otro, hasta que, con un gesto de condena inapelable, levantaba los ojos del teléfono y me dedicaba una escalofriante mirada de odio que me ponía los pelos de punta.
Tenía por delante una ardua tarea, porque, al margen de mis temores, Ámbar era una chica muy sensible y se aferraba a su soledad como un borracho se aferra a la barra de un bar, como si fuera una trinchera.

martes, 11 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 1

Desde mi punto de vista, el numerito del casal no era más que una chiquillada propia de su edad, pero estoy convencido de que para ella debía tener otro significado, y seguramente, para un chaval de su edad también lo hubiera tenido. Y me puse a especular sobre la cuestión: ¿Intento de puteo puro y simple? ¿Una manera de tratar de herirme porque le gusto y se me había entregado? ¿O era sólo un gesto automático de su personalidad para marcar distancias debido a su falta de interés o de habilidad para las relaciones sociales? 
Fui sopesando todas las posibilidades que se me fueron ocurriendo para justificar aquel acto pueril e innecesario del que nadie iba a sacar ningún provecho, ni siquiera ella misma; pues, aunque ella lo ignorara aún, lo que creemos estar haciendo a otros en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos.
Sea como fuere, me constaba que sufría y que a veces se sentía profundamente desgraciada. El mundo, más allá de su pequeña habitación y unos pocos espacios conocidos desde mucho tiempo atrás, era demasiado para ella; y yo formaba parte de ese mundo desconcertante e ignoto. Sé lo que es el sufrimiento, he sufrido bastante más que la mayoría; una dolorosa coincidencia que me permitió establecer una fuerte y cálida empatía con ella. No la compadecía, me atraía un montón y estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa por aliviar, aunque sólo fuera un poco, su pesada carga; y no me importaba si no volvía a verla en mi vida. 
Fue entonces cuando, poseído por el recuerdo de una mirada, de una escena –jovencita sentada en mi sofá con sólo una camisetita anaranjada puesta, las piernas recogidas con las rodillas ligeramente abiertas frente a los hombros y los dedos de los pies jugueteando plácidamente sobre mi muslo izquierdo; a sabiendas de que me estaba mostrando su manjar más delicado en todo su esplendor– dónde sus ojos chispearon como nunca y por primera vez, durante unos minutos pude contemplar en toda su plenitud su verdadera sonrisa de mujer, decidí inmortalizarla. 
Y si se descantillaba más de la cuenta con un servidor –que se ha metido en este berenjenal por amor a ella y a las palabras– estaba dispuesto, como amenaza el estribillo de una conocida canción de Los Van Van, “Voy a hacerte una ampliación de cuarenta por cuarenta para que la gente sepa que tú eres tremenda”, a emplear la motosierra literaria.

domingo, 9 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo

Si bien al principio pensaba que no volvería a verla, días después de su ruptura unilateral de una relación que prácticamente no habíamos tenido, apareció una mañana por el casal de barri con un noviete –un nene delgadito con gafas y pinta de panoli–. Estaban sentados en una de las mesas en plan acarameladito. No llegué a entrar, los vi desde fuera. 
De hecho aquella mañana había pasado por allí porque tenía que darle un recado a un amigo, pero no estaba; así que cambié de rumbo y me fui derecho al metro –iba al centro para hacer unas compras–, mascullando entre dientes que debía ser la conducta normal de una adolescente cuando corta una de sus seudorelaciones; pero mientras subía por Conflent camino de la boca de metro, noté un ligero escalofrío y sentí, temí y celebré, que la extravagante relación con Ámbar, en realidad, parecía que acababa de comenzar. 
¿Qué había tras aquella desmesurada dulzura, tras su sonrisa angelical, tras aquel chochete rasuradito y sus fascinantes tetas de alabastro? 
Para entonces mi novelita estaba ya redactada, aunque no concluida, pues acabé poco después por cambiar el orden de algunos capítulos –una decisión que, aún hoy, con el libro ya impreso, todavía me discuto– prolongando su gestación definitiva un mes y medio más; y creo recordar que, de tanto en tanto, para escapar de aquel pantanal, abría la carpeta de Ámbar y me ponía a teclear con el entusiasmo de un jovencito que arde en deseos de meterla en caliente.
   

domingo, 21 de mayo de 2017

Who are you 2 (unos días de febrero) final

Las ideas orbitaban sin descanso a mi alrededor. Compré una libretita de notas nueva, no quería, como me ha sucedido en otras ocasiones, que mis inquietos y copiosos apuntes acabaran desperdigados por todas partes. Fueron días mágicos: Haré una breve introducción. ¿Cómo se llamará ella? ¿Le meto un poco de ficción o no? El detalle de las bragas quedará cojonudo. Creo que lo mejor será poner el nombre de una canción a cada apartado. A lo mejor se mosquea y me la arma cuando empiece a colgar fragmentos en el blog, pero qué más me da, son gajes del oficio. O quizá era lo que buscaba, vete a saber. Apuntes, interrogantes, conjeturas, más apuntes… Y las rojas bragas de Ámbar siempre delante del teclado, al pie de la pantalla, incitándome a seguir adelante, a perderme entre sus piernas. 
Después de darle todas las vueltas de que soy capaz –que, os puedo asegurar, son bastantes–, decidí empezar de manera realista y dejar que el desarrollo del texto y el despliegue de mis instintos y deseos, y, por qué no decirlo, de la arrebatadora imagen de sus juveniles tetas, altas, firmes y tersas, fueran forjando el destino de aquella insólita historia.
En definitiva, durante unos días me poseyó el frenesí del que sabe que ha dado con una buena historia y siente que tiene el deber de contarla a toda costa. Ese imparable arrebato suele adueñarse de tu tiempo y comienzas a andar despistado de aquí para allá, inquieto y feroz como hiena hambrienta e incapaz de prestar atención al mundo que te rodea; se adueña de tu vida, de tus mejores horas, de tus mejores sueños, de todas tus ausencias.
El día veinticinco –mi cumpleaños- recibí un correo suyo con unos cuantos archivos adjuntos. Eran fotografías que había tomado en mi casa. Me las miré perplejo… ¿Eran un presente o una advertencia? ¿Qué pretendía con aquel gesto? ¿Otra tocacojones? Quizá buscaba atención, o estaba hecha un lío. O las dos cosas.
La primera consecuencia que tuvo su regalo fue la reanudación de nuestros chateos y, poco a poco fui descubriendo alguno de sus propósitos; desde luego quería verse en mis ojos: —Conmigo podrías escribir una historia…. –dejó caer un día como quien no quiere la cosa.
Por descontado que lo haría, pero no era el momento. La sierra de Béjar y una siniestra pandilla de fascistas colgados reclamaban a gritos toda mi atención, y no era cuestión de dejar trabajos sin terminar.
En tres semanas tuve más o menos diseñado lo esencial. Guardé en una carpeta con su nombre todo lo que, en principio, podía necesitar para cuando llegara el momento de sumergirme en los radiantes y enigmáticos ojos de Ámbar; y regresé a la áspera sierra salmantina lleno de energía con la seguridad de que, cuando acabase aquella descabalada historia, ella seguiría allí, en aquella diminuta y solitaria carpeta, adormecida; tal vez seducida por el amargo don de la tristeza, esperando una palabra, quizá un beso, esperándome.
Aquellos tibios días de febrero pasaron y el frío invierno hizo acto de presencia de nuevo. Retomé mi trabajo, y mis rutinas y soledades fueron ocupando de nuevo su lugar en mi vida, pero he de reconocer que, a pesar del tiempo transcurrido, su fresco aroma de mujer sigue aquí; sólido como una roca, imperturbable.

domingo, 30 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you 1 (unos días de febrero)

El lunes por la mañana –con la mala conciencia del que ha llegado tarde y la dolorosa sospecha de que ya no se le espera–, escribí una breve disculpa y pegué el poema en su ventanita del chat, después solté un suspiro de alivio y pulsé el enter:                             
               
                                       Ámbar

                Un poema de amor en la noche yerma
                sueño pechos en flor entre sábanas muertas
                un, te extraño, mi duermevela de ausencias. 
                Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas, 
                de núbiles audacias, de carne trémula… 
                Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
                De mis manos en tu piel desnuda,
                paisajes húmedos, tiernos, sonoros, 
                besos, dulces besos,
                descubriendo curvas, sospechando vértigos, 
                deshojando primaveras.
                Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
                y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
                y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
               Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.

Por supuesto, aunque fuera a destiempo, se alegró de recibirlo y así me lo hizo saber. Pero tres días más tarde, en un giro emocional de ciento ochenta grados, me mandó un mensaje; en él venía a decir que no veía lo nuestro y que daba por finalizada nuestra recién iniciada relación.
Me jodió un poco, la verdad, esperaba algo más después de nuestros primeros y apasionados encuentros; pero podía entender perfectamente su posición. Ella tenía casi toda la vida por delante y yo casi toda por detrás, no había nada que hacer al respecto; y creo recordar que le contesté que bien, que ella había comenzado aquello y ella lo terminaba, o algo por el estilo.
Quizá para Ámbar yo no era más que un capricho adolescente y pasajero, pero tampoco podía quejarme, al fin y al cabo, se me había entregado de cuerpo entero; y realmente, que a mi edad, una jovencita tan mona se te meta en la cama podría considerarse una hazaña masculina, pero no lo fue. 
No la busqué, se insinuó y le seguí la corriente pensando que todo aquello no era más que una broma, pero una tarde de febrero apareció por casa, se dio –y me dio– un revolcón; unos días más tarde se dejó caer por la mañana y nos volvimos a dar un buen repaso, poco después pasó de mí. No hay nada que objetar, que haga lo que le salga del chichi –pensé en aquel momento-. Y si se le antoja otro día lo tiene muy fácil, ahora ya sabe que me gusta, quien soy y donde vivo.
En un primer momento me sentí tristemente aliviado. Que no quisiera volver a verme me libraba de algunas contradicciones, pero me duró poco. Realmente me sentía solo y Ámbar era para perder la cabeza … 
Y me puse a tomar notas. Aparqué por unos días la redacción de “Jamón de mono”. No es que, en principio, fuera una decisión consciente, simplemente sucedió. La experiencia no era para menos y la vida me había dado en los morros con ella; no era cuestión de desaprovecharla, sino de exprimirla hasta las últimas consecuencias.